De niño invisible con TDAH a neuropediatra experto: mi historia real
Fui ese niño
El que no podía quedarse quieto.
El que molestaba sin querer, el que se paraba sin razón, el que interrumpía y se distraía.
Pero sobre todo, fui ese niño que nadie entendía.
No había diagnósticos. No había nombres. Solo había etiquetas:
“Mal portado”, “inquieto”, “flojo”, “hiperactivo”, “el que arruina la clase”.
Y yo… yo solo quería pertenecer.
Yo solo quería que alguien, una sola persona, se detuviera a ver lo que me pasaba por dentro.
Hoy, décadas después, soy médico.
Neuropediatra. Especialista en el cerebro infantil.
He escrito 18 libros. Y mi primera obra, TDAH… ¿Y ahora QUÉ HAGO?, se ha convertido y mantenido en el número 1.
Pero nada de esto nació desde el éxito.
Nació desde la herida.
Porque antes de ser doctor, fui un niño con TDAH.
Y hoy, te quiero contar esa historia. Porque si tú tienes un hijo así…
Sé exactamente por lo que estás pasando.
👦🏼 La infancia invisible: el dolor de no encajar
A veces me pregunto si alguien notó lo difícil que era para mí simplemente estar.
Estar en el salón, estar en la fila, estar en silencio, estar quieto.
Yo lo intentaba, una y otra vez lo intentaba.
Pero algo dentro de mí se desbordaba, como si mi cuerpo tuviera más electricidad de la que podía contener.
🎯 Era como tener una tormenta dentro del pecho.
🎯 Como estar en un mundo que va a un ritmo… y tú vas corriendo sin freno.
🎯 Como si mi cerebro fuera una radio que cambia de estación cada cinco segundos.
Y lo peor es que nadie me decía: “Entiendo”.
Nadie me abrazaba y decía: “No estás roto”.
Me corregían. Me disciplinaban. Me señalaban. Pero no me veían.
🏫 La escuela: el lugar donde aprendí que era “demasiado”
Cada lunes era un nuevo intento.
Una nueva promesa que me hacía a mí mismo: Esta vez sí voy a portarme bien. Esta vez sí me voy a quedar quieto. Esta vez sí voy a poner atención.
Pero bastaban minutos. Una palabra del maestro, un zumbido en la ventana, un pensamiento que se colaba por la puerta, y yo ya estaba fuera de la órbita.
Y ahí venía la mirada. El regaño. La risa de los compañeros. El castigo.
Me convertí en el niño que todos evitaban.
Y después, en el niño que se evitaba a sí mismo.
¿Sabes lo que eso hace en el alma de un niño?
Lo destroza en silencio. Lo vuelve pequeño por dentro.
Te convence de que no importa cuánto lo intentes, siempre vas a fallar.
🧬 La neurobiología que nadie entendía
Yo no era flojo.
No era rebelde.
No era malo.
Mi cerebro funcionaba diferente.
Y si alguien lo hubiera sabido en ese entonces, todo hubiera sido distinto.
💡 El TDAH no es una falta de carácter.
💡 Es una alteración en el sistema de autorregulación del cerebro.
💡 Hay un desbalance en la dopamina, un neurotransmisor esencial para la motivación, la atención sostenida y el control de impulsos.
Imagina esto:
Tu hijo está intentando concentrarse, pero su cerebro literalmente no filtra los estímulos.
Todo entra. Todo lo distrae. Todo lo abruma.
Y cuando intenta quedarse quieto, su cuerpo lo traiciona.
Es como si tuviera fuego en las piernas. Y no puede más.
Eso viví yo. Y eso viven millones de niños que siguen siendo malinterpretados.
💔 La herida invisible: la identidad del “niño problema”
Hubo un día que marcó mi vida.
Tenía unos 10 años. Me sacaron del salón, otra vez.
La maestra dijo: “Ya no puedo contigo, Abraham. Siempre eres igual.”
Me senté en el pasillo, con las piernas cruzadas. Vi la puerta cerrarse.
Escuché las risas adentro.
Y pensé: “Tal vez sería mejor no estar aquí.”
Esa es la parte del TDAH que nadie te cuenta.
El dolor emocional. La soledad.
La vergüenza de sentir que todos tus esfuerzos nunca son suficientes.
El TDAH no solo te quita concentración. Te roba la autoestima.
Y cuando nadie te ve, tú mismo dejas de verte.
Te pierdes.
🌪️ La adolescencia: rabia, frustración y la semilla del cambio
La secundaria fue una guerra.
Yo contra los profesores.
Yo contra mis papás.
Yo contra mí mismo.
Tuve que hacerme fuerte para sobrevivir.
Aprendí a fingir que no me importaba. A responder con sarcasmo. A mostrar los dientes antes que las lágrimas.
Pero en el fondo, seguía siendo ese niño que solo quería que alguien lo abrazara y le dijera: “Yo sé que tú puedes.”
Y un día, después de otro regaño, otra tarea perdida, otra pelea…
algo dentro de mí hizo clic.
Pensé: ¿Y si todo esto que me duele… lo convierto en mi vocación?
🧠 El punto de inflexión: entender el cerebro para no odiarlo más
Así llegué a la medicina.
No sólo porque quería ser doctor.
Sino porque necesitaba entenderme.
Necesitaba saber si de verdad estaba roto… o solo era diferente.
Y cuando descubrí la neurobiología del TDAH, lloré.
Porque ahí, en una resonancia, en un artículo médico, en un libro… estaba yo.
Por primera vez, alguien ponía en palabras lo que yo había sentido toda mi vida.
No era pereza.
Era desconexión sin culpa.
No era agresión.
Era hiperreactividad emocional.
No era indiferencia.
Era un sistema nervioso desbordado.
Y entendí algo más fuerte aún:
Si yo pude sanar, puedo ayudar a sanar.
📚 18 libros después… y un mensaje que me sigue quemando por dentro
Desde entonces, he escrito 18 libros.
Cada uno nace de una parte de mí que quiso ser escuchada.
Pero hubo uno que lo cambió todo:
TDAH… ¿Y ahora qué hago?
Este libro no es una guía clínica fría.
Es una carta abierta.
Una promesa de acompañamiento.
Una mano que se extiende a cada madre que, como la mía, lloró en silencio sin saber cómo ayudar.
Por eso se convirtió en el número 1.
Por eso se ha mantenido en los primeros lugares.
Porque no solo informa. Acompaña.
No solo enseña. Abraza.
No solo diagnostica. Humaniza.
👩👦 Si tú tienes un hijo con TDAH… yo ya fui él
Yo ya viví esa lucha por concentrarte y fallar.
Esa impotencia de querer portarte bien y no poder.
Esa mirada de decepción que se te clava en el alma.
Y tú, como madre, estás en la otra cara de esa moneda.
La que ama sin saber cómo ayudar.
La que se desvela leyendo, preguntando, intentando todo.
La que duda de sí misma porque su hijo no cambia.
Hoy quiero decirte algo desde lo más profundo de mí:
Tú no lo estás haciendo mal.
Y tu hijo no está roto.
Solo necesita un camino.
Una red.
Un lenguaje que lo entienda.
Un adulto que no lo suelte.
🔑 ¿Y ahora qué haces tú?
Estás aquí porque amas a tu hijo más de lo que puedes decir.
Porque te duele verlo sufrir.
Porque te frustra no poder ayudarlo.
Y porque, aunque lo niegues, a veces también quieres gritar.
Yo sé.
Yo estuve de ambos lados.
Por eso te invito a dar pasos reales, con herramientas reales:
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